Más de 2 décadas de devoción marcan la relación espiritual de Luis Guillermo Díaz con la Virgen de la Candelaria. Su historia no comienza en Cartagena, sino en Arjona, Bolívar, donde nació y donde el templo principal también está consagrado a esta advocación mariana.
Desde niño, acompañado por sus padres, inició un camino de fe que con los años se trasladó al cerro de La Popa y se convirtió en una rutina que hoy define su calendario y su vida espiritual.
“Imagínate, Sander, que yo nací en Arjona y en Arjona la iglesia es en honor a la Virgen de la Candelaria también”, cuenta. Ese primer contacto con la devoción se dio en familia. “Desde que nací vengo de la mano de mis papás en la iglesia”, recuerda, al explicar cómo la fe se integró a su cotidianidad desde muy temprano.
Con el paso del tiempo, las obligaciones académicas y laborales cambiaron su geografía espiritual. “Desde que empecé la universidad y el trabajo, por no desplazarme a Arjona, lo más cerca era subir a La Popa”, explica. Allí encontró un espacio que le permitió continuar una tradición que ya hacía parte de su identidad. Hoy calcula que su vínculo con la Virgen supera los 20 años. “Son más de 20, 25 años… no estaría yo equivocado”, dice.

Más de 2 décadas de fe aprendida en casa
Para Luis Guillermo Díaz, la devoción no surge de un hecho aislado, sino del ejemplo constante. “Yo comparo el amor de Dios en la tierra con el amor de una madre”, afirma. Esa imagen lo acompaña desde la infancia, al ver a su madre encomendar su vida y la de su familia a la Virgen de la Candelaria.
“Ver a mi mamá siempre pedirle a la Virgen hizo crecer en mí ese amor por la advocación”, explica. En su testimonio, la Virgen aparece como una presencia cercana. “Siempre nos ha dado protección, nos ha dado paz, guía”, señala, mientras describe la confianza con la que depositan en ella sus súplicas.
Para él, la intercesión tiene una lógica sencilla y profundamente humana. “Acuérdate que la mamá hace de todo”, dice. “Por eso le pedimos a la Virgen, porque ella siempre le insiste al que todo lo puede”. Esa convicción ha marcado momentos clave de su historia familiar. “La salud de mi papá, la salud de mi sobrino y todo lo que ha ido pasando en la vida, se lo hemos pedido siempre por intercesión de la Virgen”.

Más de 2 décadas marcadas por la novena
Cada año, Luis Guillermo vive un ciclo espiritual que comienza incluso antes de febrero. “Yo sé que después de la Navidad y el fin de año, la fiesta más próxima para mí es del 24 de enero al 2 de febrero”, explica, al describir cómo la novena estructura su calendario personal.
Durante esos días, cumple un compromiso inquebrantable. “Todos los días voy a pedirle a los pies de la Virgen por muchas peticiones”, afirma. No se trata solo de necesidades propias. “Las mías, las de mis amigos, las de mi familia, las de todos los que conozco que tienen una necesidad”, enumera.
“Van conmigo en la mente y en el corazón”, insiste. Para él, subir al convento de La Popa es un acto íntimo y colectivo. “Se los dejo a los pies de la Virgen, ahí arriba, donde ella mira desde lo alto a toda la población de Cartagena”, describe.
Al momento de la entrevista, vive la novena con plena conciencia del tiempo litúrgico. “Hoy es el día quinto de la novena de la Virgen de la Candelaria”, precisa, mientras faltan pocos días para la celebración central.

Más de 2 décadas invitando a volver al corazón
Desde esa experiencia prolongada, Luis Guillermo envía un mensaje directo a los cartageneros. “Si no hicieron la novena o no la pueden hacer completa, con un solo día basta”, asegura. Para él, lo esencial no es el cumplimiento estricto, sino la intención.
“A nuestra madre lo que le interesa es que lleguemos a sus brazos”, afirma. Sin embargo, hace énfasis en la actitud interior. “Que lleguemos con el corazón limpio y dispuesto”, recalca.
Su invitación trasciende lo individual. “Hablarle de nuestras necesidades, del amor de Dios, pedirle por la paz del mundo”, propone. Pero también aterriza la fe en lo cotidiano. “Sobre todo por la paz interior”, subraya.
“Cuando uno está en paz, puede ser un mejor ser humano”, reflexiona. Desde ahí, plantea una consecuencia directa. “Como mejor ser humano, uno busca el equilibrio y la paz del mundo”.

Más de 2 décadas mirando a Cartagena desde La Popa
La conversación concluye con una mirada crítica y amorosa sobre la ciudad. Desde el convento de La Popa, Luis Guillermo observa dos Cartagenas que conviven. “Uno alcanza a ver una Cartagena radiante y otra que lucha por igualarse”, describe.
Esa desigualdad se convierte en su principal petición. “Yo le pido que todos tengamos acceso a estudiar, a vivir en paz, a tener educación”, afirma. Su plegaria incluye trabajo formal, seguridad y oportunidades reales. “Que todos podamos vivir con calidad de vida”, insiste.
Finalmente, resume su anhelo con una idea clara. “Que tengamos una vida digna”. Después de más de dos décadas de devoción, su fe no se queda en lo íntimo: se proyecta como un deseo colectivo para toda Cartagena.


