Ángeles Somos: un canto vivo en Cartagena
Entre risas, cantos y alitas blancas, los pasillos de la Institución Educativa Olga González Arraut se llenaron de vida con la celebración de Ángeles Somos, una tradición que cada 1 de noviembre revive la memoria cultural de Cartagena de Indias.
Esta práctica ancestral, declarada patrimonio inmaterial, une a niños, padres y maestros en torno a un solo propósito: mantener viva la identidad colectiva.

Rescate de una tradición triétnica
“Dicen los historiadores que Ángeles Somos llegó a América a finales del siglo XX. Es una tradición triétnica y multicultural que tiene antecedentes ancestrales”, explicó Ana Isabel Arenas Díaz, presidenta del Consejo de Padres y miembro del Observatorio de Ángeles Somos de Cartagena.
Según ella, los franciscanos recorrían las calles para mitigar el hambre entre las comunidades esclavizadas, coincidiendo con la celebración del Día de Todos los Santos. “Lo hacían todos los primeros de noviembre, con un sentido de ayuda y unión”, agregó.
Desde entonces, la costumbre de recorrer los barrios pidiendo alimentos para preparar un sancocho colectivo se transformó en una práctica simbólica de solidaridad. En la escuela, esa herencia se traduce en educación viva: un aula sin muros donde la historia se enseña desde la experiencia. Conoce más de Ángeles Somos aquí

Ángeles Somos desde el aula
Este año, la institución adaptó la tradición al entorno escolar. “No pudimos salir por los permisos, así que armamos los salones como si fueran casas. Los niños iban pidiendo en cada uno los ingredientes para el sancocho”, contó Shirley Guardo, psicóloga del colegio.
La docente explicó que la actividad se desarrolló a través de una guía pedagógica que permitió integrar la enseñanza con la cultura. “Es una fiesta donde se unen niños, padres, abuelos y maestros. Todos participan y al final compartimos un delicioso sancocho”, señaló.
El proyecto, liderado junto al Observatorio de Ángeles Somos, busca fortalecer el sentido de pertenencia frente a las celebraciones propias del Caribe colombiano. “Venimos llenos de fiestas como el Halloween, que no es nuestra. Nuestra fiesta es Ángeles Somos, la que rescata lo nuestro”, insistió Arenas Díaz.

Valores que se aprenden jugando
Entre el bullicio infantil destaca la voz de Sander Arce, un estudiante de quinto grado con discapacidad visual que participó activamente en la jornada.
“Estamos celebrando Ángeles Somos. Salimos a pedir comida para hacer el sancocho y aprendemos valores como la empatía, la solidaridad y la tolerancia”, dijo con entusiasmo.
Sander, con una sonrisa, explicó lo que más disfrutó: “Si una compañera no trae merienda, yo le comparto. Eso es empatía”. Su respuesta resume el espíritu de la tradición: enseñar a los niños a ponerse en el lugar del otro, no desde la teoría, sino desde la acción.
A su lado, Dulce María Torres, también estudiante de quinto grado, complementa: “La empatía es ponerse en el lugar del otro. Si un amigo no trae juguetes, yo comparto los míos”. En sus palabras, resuena una lección más poderosa que cualquier texto académico: la solidaridad se construye en lo cotidiano.

Una pedagogía desde la identidad
La jornada, llena de color y música, se convirtió en un espacio de integración. Padres, maestros y alumnos trabajaron juntos para decorar los salones y preparar la actividad.
Cada niño representó un “ángel” que, al ritmo de tambores y maracas, recorría los pasillos entonando versos tradicionales como “Ángeles somos del cielo venimos, pidiendo limones para nosotros mismos”.
Más que una dramatización, fue un ejercicio de memoria colectiva. “Queremos que nuestros niños comprendan que esta tradición no es una simple fiesta, sino parte de lo que somos como cartageneros”, explicó Guardo.
El mensaje caló profundo. En un mundo donde las costumbres globalizadas desplazan las locales, la apuesta del colegio Olga González Arraut demuestra que aún hay espacio para las raíces. La celebración no solo enseña historia, también construye ciudadanía.
Entre el sancocho y la memoria
Al final de la jornada, los niños compartieron los ingredientes recolectados. Entre ollas, risas y cantos, se cocinó un sancocho comunitario que simbolizó la unión y el sentido de pertenencia. “Cada año buscamos que los niños no pierdan sus raíces. Ángeles Somos nos recuerda de dónde venimos y quiénes somos”, concluyó Arenas Díaz.
En medio del sabor del sancocho y la alegría de los pequeños, quedó claro que la tradición no se desvanece: se transforma, se enseña y se vive con orgullo. Desde el aula, los niños cartageneros siguen siendo los guardianes del alma cultural de su ciudad.


